Regalo ayuda a hombre de Zambia a seguir su camino para convertirse en neurocirujano

Mayo, 2014
 
Lashmi Venkatraghavan, Kachinga Sichizya, Boniface Chansa y Mark Bernstein

Lashmi Venkatraghavan, Kachinga Sichizya, Boniface Chansa y Mark Bernstein

 

La primera vez que Mark Bernstein vio a Boniface Chansa, Chansa estaba sentado en una sala del hospital de Zambia con un paciente gravemente enfermo.  El breve encuentro cambiaría la vida de Chansa y, en definitiva, mejoraría la calidad de la atención médica disponible en Zambia.

 

Eran las 7 a.m.   El paciente necesitaba cirugía para que le extirparan un tumor cerebral, pero también tenía varios problemas médicos.  Chansa, que trabaja como encargado clínico en el Hospital Beit Cure en Lusaka, Zambia, había estado toda la noche con el paciente. “Cuando entré a la sala, Boniface estaba ahí y primero pensé que era pariente del paciente”, dice Bernstein.

 

Bernstein, neurocirujano del Western Hospital de Toronto, estaba en Zambia encabezando una misión pedagógica en Beit Cure.  Tiene la Cátedra Greg Wilkins-Barrick en Cirugía Internacional que se creó en el 2011, que consiste en un regalo de $5,5 millones de Barrick y la familia del ex CEO de Barrick, el ya fallecido Greg Wilkins.  Entre otras cosas, los fondos le permiten a Bernstein liderar varias misiones pedagógicas todos los años en países en vías de desarrollo donde da capacitación y apoyo en tratamiento quirúrgico a enfermedades cerebrales.  

 

Chansa, de 30 años de edad, trabaja 4 noches a la semana en Beit Cure de 6 p.m. a 7 a.m. para pagar sus estudios de medicina en la universidad, a la que asiste durante el día.  Algunos turnos son lentos y puede escabullirse para una breve siesta.  Sin embargo, la mayoría de los días, incluyendo el día de la visita de Bernstein, Chansa no durmió absolutamente nada.

 

Por ser huérfano desde los 9 años, el sueño de Chansa era ser neurocirujano como su mentor, Kachinga Sichizya. Sichizya es uno de los apenas 3 neurocirujanos en Zambia, un país con 15 millones de habitantes.  Contrató a Chansa en el 2010.  Antes de eso, Chansa, que fue criado por parientes, obtuvo su título clínico en el College Chainama en Lusaka y después trabajó durante 21/2 años en el Hospital  Chitokoloki Mission en el área norte de Zambia.  “Había tantos pacientes y tan pocos doctores allá que pude adquirir habilidades que sólo los médicos tenían”, dice Chansa.

 

En Beit Cure la carga de trabajo no era más fácil.  Llegan pacientes de toda Zambia a ver a Sichizya. Ve hasta 100 pacientes al día, muchos de ellos son niños que nacieron con espina bífida o hidrocefalia, agua en el cerebro.  “Tenemos mucha presión en nuestra vida cotidiana como neurocirujanos aquí en Zambia”, dice Sichizya.  

 

Por lo general, los encargados clínicos de Sichizya duran uno o dos meses antes de rendirse debido al estrés del trabajo.  Chansa fue diferente. “Boniface tiene un carácter único”, dice Sichizya.  “Cuida a estos niños con todo su ser”.  

 

Bajo la tutela de  Sichizya, los conocimientos de neurocirugía de Chansa aumentaron.  Se hizo muy diestro, por ejemplo, en derivación ventricular-peritoneal, un procedimiento para drenar el exceso de fluido en las personas con hidrocefalia.  Sichizya estimuló a Chansa a ir tras su sueño y lo recomendó a una facultad de medicina.  “Boniface será el mejor neurocirujano del país”, dice.

 

El año pasado Chansa fue aceptado en la Universidad Médica Apex de Lusaka, pero estaba corto de dinero.  Además de trabajar los martes, jueves, sábados y domingos en la tarde, Chansa hacía el turno de día 3 fines de semana al mes para subsistir.  “Al principio, costaba un poco”, dice en su forma tranquila y discreta habitual.

 

Pero tampoco era suficiente.  Chansa necesitaba dinero para libros, transporte, comida, arriendo y matrícula, y hacía grandes esfuerzos para seguir adelante. El día antes de conocer a Bernstein, la universidad le había informado a Chansa que estaba arriesgando perder su cupo por estar atrasado en el pago de la matrícula.  

 

Durante la mañana siguiente, poco antes de que terminara el turno de Chansa, Bernstein estaba haciendo rondas con Sichizya y Lashmi Venkatraghavan, un anestesista del Western Hospital de Toronto que se sumó a Bernstein en la misión pedagógica.   Chansa les entregó información actualizada sobre las condiciones del paciente que había estado observando durante toda la noche.  “Verdaderamente nos dio un reporte con información muy completa, que excedía con creces los conocimientos habituales de un estudiante de medicina de primer año”, dice Bernstein.

 

Impresionado, más tarde esa mañana, Bernstein le preguntó a Sichizya quién era Chansa. Sichizya le explicó la difícil situación de Chansa y sus orígenes.  “Me quedé sin palabras casi un minuto”, dice Bernstein.  “Miré a Lashmi y ambos acordamos casi simultáneamente que teníamos que ayudar a este hombre”.

 

Pocos momentos después, ambos acordaron que financiarían los gastos de colegiatura de Chansa mientras duraran sus estudios.  La Cátedra Wilkins-Barrick pagará el 90% de los $25.000 estimados en las cuotas, en tanto Venkatraghavan cubrirá el 10% restante.   

Neurocirujano de Zambia01

Cuando Sichizya se dio cuenta qué estaban planificando sus colegas, se puso a llorar.  “Estaba sobrecogido”, dice. “Si supiera cuánto hemos tratado de encontrar financiamiento para Boniface, y nos cerraron todas las puertas en las narices.  Es un muchacho fantástico.  Me ha traído esperanza.  Todos lo quieren en el hospital.  Estos hombres de Toronto mantuvieron su sueño vivo”.

 

Chansa ya había partido a la facultad esa mañana, pero Sichizya lo llamó y le dijo que regresara.  Bernstein y Venkatraghavan le explicaron lo que estaban planificando.  Al recordar ese momento, Chansa, dice que les pidió que le repitieran lo que habían dicho.  “Estaba conmovido”, dice.  “Estaba tan conmovido.  Me habían quitado una carga de encima.  Estaba muy entusiasmado y agradecido, pero también lo asumí como una responsabilidad muy grande. Tengo que trabajar mucho para estar a la altura de este regalo.  Tengo que cumplir por el resto de mi vida”.

 

Esta vez fue el turno de Bernstein de que se le cayeran las lágrimas.  La inversión en Chansa tendrá un impacto significativo, dice.  “Boniface podría ser el próximo neurocirujano en Zambia.  Me siento bien por eso, pero la verdad es que este regalo surge de la generosidad de Barrick y la familia de Wilkins.  Le hicieron un regalo maravilloso al mundo creando la Cátedra Wilkins-Barrick, y la generosidad trae consigo generosidad”.

 

Aunque su matrícula ya está cubierta, Chansa todavía trabaja en Beit Cure en las noches para cubrir sus gastos de subsistencia.  Es un desafío, dice, pero agrega que ve los desafíos de la vida como oportunidades para ganar fuerza y sabiduría.  Aprobó sus exámenes de primer año.

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